Capítulo I
A veces una vida cambia sin hacer ruido. No ocurre en un instante preciso ni a través de una gran revelación, sino en pequeños actos que con el tiempo empiezan a darle forma a un camino. Margarita nunca imaginó que aquello que hacía de manera natural desde niña terminaría convirtiéndose en el centro de su vida.
Una voz nacida de un don convertido en camino
Margarita lleva más de veinte años acompañando a personas mayores, aunque su relación con el cuidado comenzó mucho antes de ejercerlo como oficio. Desde niña mostró una cercanía natural hacia quienes necesitaban atención y compañía, una sensibilidad que con el tiempo la llevó a cuidar de familiares, vecinos y otras personas de su comunidad. Años después encontró en el Programa Juanitas y en la Asociación de Exalumnas La Enseñanza la oportunidad de fortalecer esa vocación a través de la formación. “Para mí es un don y una vocación que Dios me dio”, expresa al hablar de una labor que ha marcado gran parte de su vida.
La experiencia le enseñó que cuidar implica mucho más que atender necesidades físicas. A lo largo de su trayectoria ha construido vínculos basados en la confianza, la escucha y el respeto, entendiendo que muchas personas mayores necesitan sentirse acompañadas y valoradas. Una de las experiencias que más recuerda fue el cuidado de una mujer con Alzheimer durante los últimos años de su vida. Lo que comenzó como una relación difícil terminó convirtiéndose en un lazo profundo gracias a la paciencia y la empatía. “Yo llegaba y ella aplaudía”, recuerda Margarita.
Hoy, después de décadas de trabajo, sigue convencida de que el cuidado es una forma de servicio que transforma tanto a quien lo recibe como a quien lo brinda. Escuchar, acompañar y estar presente se han convertido en los pilares de una labor que ejerce con compromiso y humanidad. Las personas mayores le han enseñado a valorar la vida, agradecer el tiempo compartido y reconocer la importancia de cuidar con dignidad a quienes más lo necesitan.